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La vida no es en blanco o negro. Las posiciones políticas opuestas son lo más común en cualquier sociedad. Los puntos radicales pretenden siempre tener la razón a ultranza. Regularmente sostener la superioridad o vigencia de los puntos de vista en política, con frecuencia se convierte en la razón de ser para muchos.

Escapar a esos radicalismos suele ser complicado, pues con frecuencia se es acusado de traidor, ultra conservador y ultra izquierdista, etc. Los adjetivos suelen aparecer con mucha frecuencia una vez que los argumentos se contraponen y se terminan, mientras avanzan las discusiones.

Con cierta regularidad, los partidos políticos se muestran presa de discursos que desde fuera de sus filas se generan y se intentan incorporar al ideario de los mismos para ganar terreno en la sociedad. De esta forma, se intenta la ideologización de ciertas ideas o propuestas para imponerlas a una colectividad afiliada a los partidos, para que, desde ahí, se estigmatice a unos u otros como seguidores de una posición o propuesta, a consecuencia de su filiación partidista.

Así lo han intentado muchos en temas sumamente delicados para nuestra sociedad, a veces con medias verdades, como por ejemplo la legalización de algunas drogas o la despenalización del aborto. Para algunos, estas propuestas son de izquierda y, en consecuencia, cualquiera que se diga de izquierda debe, por “principios” defenderlos y promoverlos. Se intenta con frecuencia estigmatizar a quienes no lo hagan, sin embargo, esta posición reduccionista de la izquierda es una falacia.

En esencia la lucha libertaria de la izquierda no está dada en función del discurso abortista o no, ni de la despenalización del consumo de estupefacientes. La verdadera reivindicación de la izquierda es la conquista de las libertades y no de los libertinajes. De la libertad que surge del acceso a la información, de la educación y del ejercicio libre del razonamiento.

El progresismo como corriente de la izquierda busca generar condiciones de vida más dignas para el ser humano, a partir del justo aprovechamiento de la ciencia y la tecnología para ponerla al servicio de la sociedad y en particular, de sus capas más desprotegidas.

El pensamiento izquierdista y progresista no se identifica con este tipo de asuntos, que en gran medida pasan por concepciones filosóficas más profundas y que no se resuelven solamente en el ámbito político. La criminalización de muchas conductas humanas, pasan necesariamente por el rechazo social generalizado que como pasa en toda comunidad, mira, cambia y se transforma a medida que la misma sociedad evoluciona.

En este sentido, Morena no debe caer en el falso dilema de estar a favor o en contra de este tipo de asuntos. Y no se trata de evadir o tomar posición, simplemente sus militantes tienen y deben mantener en este tema sus propias convicciones. Nadie debe ser estigmatizado por decirse defensor de la vida y antiabortista, siempre y cuando se respete el derecho de las mujeres a poder practicar este procedimiento en los casos que la propia ley ya lo establece. O bien nadie puede sostener con meridiana razón, estar en contra de la vida del ser humano. Decirlo en esa resumida frase es reduccionista.

Como también se puede o no estar a favor o en contra del consumo de determinados estupefacientes. Hacerlo no es y no debe ser una posición política, pues el posicionamiento personal respecto a ello es producto del libre albedrío individual.

Quienes intentan forzar a los partidos a definirse, lo hacen para que su posición gane terreno, lo cual es legítimo, sin embargo, no debemos de caer en la tentación de incurrir en lo políticamente correcto. Con frecuencia se asumen poses para congraciarse en el inmediatismo político y se pierde con frecuencia el rumbo de los verdaderos principios de la izquierda, cimiento de nuestro actuar: la libertad.

Quien quiera coartar la libertad de otro de pensar diferente, no puede tener cabida en la izquierda.

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